La curiosidad no mató al gato

Un día estaba junto a un operario en un cuerpo de impresión de una rotativa y me preguntó:

– Oye David, ese botón, ¿para que sirve?. apuntó con su dedo un botón que se encontraba en el cuadro de mando del cuerpo, había otros siete iguales, uno en cada cuerpo. Yo ya había hecho esa pregunta antes, pero nadie me la supo responder, y el diagrama que había al lado era demasiado críptico y no explicaba nada.

– Si te digo la verdad, no tengo ni la menor idea.

El operario se me quedó mirando con una cara enorme de curiosidad. Yo miré la hora y salí a ver el contador, la máquina iba bien.

– Pulsalo, le dije.

– ¿De verdad, y si se para la máquina o se rompe el papel?

– Pulsé el botón. esta vez, no paso nada, pero a raíz de ello descubrimos un montón de cosas sobre el funcionamiento de la calefacción en los cuerpos de impresión de esa rotativa y con el tiempo aprendimos a sacarle más provecho. También acabamos con unos cuantos mitos y supersticiones que había sobre el tema.

Cuando somos niños somos tremendamente curiosos, nos maravillamos mientras vamos errantes por el mundo y vamos preguntando todo lo que se nos ocurre, la exploración precede a la explicación.

Con el tiempo, todo conspira para acabar hundiendo nuestra curiosidad, el miedo al fallo y al ridículo es un gran inhibidor, la culpa la tiene nuestro ego, a nosotros nos domina pero los niños todavía no son sus prisioneros.

También el miedo y la cautela tienen parte de culpa, a cuantas reuniones hemos asistido con compañeros y superiores y hemos salido con más dudas que cuando hemos entrado, obviamente hay veces que estamos tratando con tontos ilustrados que han tenido la suerte de llegar a jefe de “algo” y es mejor sobrevivir con dudas y seguir siendo un desconocido que no que recuerden perfectamente tu nombre y a que parte de la empresa perteneces.

Pero otras veces en las que no hay riesgo de guillotina no preguntamos, ni a superiores ni a subalternos y ni por supuesto a un reponedor de supermercado dónde diablos han decidido cambiar las conservas que antes estaban detrás del pasillo de la leche.

Aquí el gran reto para nosotros es mantenernos curiosos. Y aunque digan que “la curiosidad mató al gato”, realmente no es así, el famoso refrán se distorsionó a finales del siglo XIX y tiene toda la pinta que fue para hacer un mal chiste referido a las mujeres. El refrán original es “la preocupación mató al gato”, esta precaución se refiere a la mortificación que a veces sufrimos y que nos puede llegar a enfermar o como mínimo a estresarnos.

Hay que olvidarse del gato y mantenerse curioso. Buscar preguntas inteligentes, hacer mejores preguntas y cuestionar lo que se da por hecho.

También hay veces que se nos cuestiona una proposición nuestra,

siempre es bueno explorar alternativas, en vez de gastar energía y tiempo en defender nuestra propuesta podemos abrirnos a considerar otras posibilidades, sobre todo si trabajamos con gente a nuestro cargo, es una forma de acercarnos a ellos y de compartir ideas y por supuesto de ser más cercano para solucionar problemas.

Recuerda ser curioso y buscar mejores preguntas.

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